Alguna vez, incluso en más de una ocasión, me habían presagiado experimentar varias muertes en mi vida, muertes no de cuerpo o de seres queridos, sino muertes del alma y con ellas renacimientos de luz, de amor, de sabiduría. Pero, ¿Cómo saber si no se trataba de caídas normales como en cualquier ser humano, de errores cometidos, de enseñanzas a través de las diferentes etapas de la vida?
Y entonces en un domingo nublado, quizás por la misma sensación de confusión en la que me encontraba, lloraba como si la vida estuviera desarraigada de mi cuerpo, con el corazón destrozado, sin forma, sin poder completar una unidad. Se detuvo el tiempo, el sol, los recuerdos del pasado, los sueños del futuro, ¡No había nada! ni siquiera el aire que entraba inercialmente por mi nariz parecía ser materia. Una mirada fija sellaba el estado de parálisis atemporal en el que me hallaba.
Debía “revivir” sin duda, era lo que sabía en el fondo de un cuerpo dominado completamente por el inconsciente, y aparecieron las voces, los brazos que me ayudaron a respirar profundamente de manera consciente, a sentir que mis latidos volverían a abrazar el suspiro que enciende el fuego de la vida. Algunos pudieran llamarlo una crisis existencial, confirmo, pero adhiero que hasta el día de hoy supe que sí se trataba de una muerte en vida, de experimentar fases del duelo como si se tratase de otra persona, pero se trataba de mí, de lo que estaba decidiendo dejar morir de una Laura del pasado a una nueva que comenzaba, ¡rectifico! que continuaba en la metamorfosis, la evolución que no acaba.
En primer lugar, me negaba a soltar, dejar ir una realidad en la que había estado cómoda por muchos años, una realidad impuesta primeramente por externos y finalmente bajo mi propio criterio, y que mi cuerpo recreaba en modo automático pero que mi alma reclamaba dejarla ir. Pero es que estaba tan bien vista, pero es que todos lo hacían… pero es que mi alma desde muy adentro me gritaba con toda su fuerza que debía dejarla morir o matarla si era necesario. He desdibujado esto una y otra vez, por partes, quedando aún pliegues y estrías del diseño que habían impreso en mí, quizás queriendo negociar con las sobras, con aquello que me había hecho sentir satisfecha en algún momento; otra etapa evidente del duelo.
Simultáneamente, sentí ira al ver mis pies atados, estancados en el suelo lleno de barro que no volvió a florecer, con la sensación de tener las manos amarradas sin poder tejer algo más ¡Que impotencia! ¡Que desespero! ¡Que ansiedad! Sin nombrar la depresión, síntoma principal del deceso del hecho en mención, el sentimiento de no ser merecedora de esa realidad, ni ella de mí, y de la angustia y el miedo que podía generar, una vez “desatada”, dirigir un nuevo camino.

Pero así fuera a las malas llegaría la aceptación, no de un día para otro, pero sí en un ritmo constante y convincente. Consentimiento de redirigir el rumbo, de superar el miedo, de encontrar respuestas a las miles de dudas que se pasean por mi cabeza, a confiar cada vez más en la intuición, en el destino, en la fe, en el silencio, en la leyenda personal que vine a cumplir y de, sin intención de hacerlo, convertir la profecía en realidad, la de vivenciar varias muertes en vida o lo que llamaría yo: Renacer después de la muerte de un pedazo de mi vida que no me hacía feliz.
Wow. Qué relato tan sentido.
Te abrazo de corazón a corazón y te acompaño en tu renacer, en tu vida con propósito, en tu sentido del sentido y del disfrute de tus sentires.
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