Desde que tengo uso de razón, y desde que no, porque seguramente quedarán regazos en el subconsciente de aquellos sucesos que no se registran en mi memoria, he estado expuesta a muchas formas de Dios y a una en particular que no cree en él. Tal vez, por mi forma de ser, que ahora dudo seriamente entre si nací así o me vi forjada a desarrollarla, aceptaba todas las invitaciones de mis allegados a de cuanta actividad y lectura hubiera acerca de su existencia. Debo aclarar que quizás por mi edad, en muchas ocasiones, fue una voluntad ligeramente motivada por factores externos como ir a comer mi postre favorito una vez acabada la sesión.
Independiente de las motivaciones internas o externas, puedo decir con la mayor honestidad que intento despejar de la posible imaginación y construcción de escenarios posibles a partir de los recuerdos en mi cabeza, que no importara a donde fuera ni con quién prestaba suma atención, seguía la letra de cada alabanza, intentando caer en la nota de un ritmo que desconocía, y leía cuidadosamente cada palabra del libro que en ese momento pudiera tener en mis manos. Recuerdo haber tenido una colección de ejemplares para niños.
No me perdía las semanas mayores. Cada año intentaba recopilar más hechos históricos para en algún momento futuro, cuando me pareciera más a esas doñas que seguían el itinerario puntualmente, ser yo quien respondiera a los más jóvenes las razones e importancia de los rituales. A medida que pasaba el tiempo, creía menos en la ocurrencia exacta de los hechos, pero cada vez más buscaba la explicación simbólica de estos, como fuente de aprendizaje y de motor para las personas que los recitaban fervorosamente. Era evidente que, al aumentar la capacidad de interacción, de análisis y comprensión de contextos, de lectura, de vivencias, las preguntas para responder se hacían más amplías y más profundas. He visto como a lo largo de mis cortos años he construido conceptos, los he derribado, he reconstruido sobre de ellos, los he modificado, he pintado sobre algunos muros, he vuelto a borrar, y probablemente seguirá así hasta el fin de mis días.
Pero volviendo a mi intrépida expedición GODtánica, destacaré el haber asistido juiciosamente a todos los actos religiosos en mi época escolar, haber aprendido de memoria datos de nacimiento, caridad y muerte de personajes importantes en la historia, de haber confesado pecados muy menores, y de preguntarme si alguna vez iba a llegar a ser una consagrada. Durante ese tiempo el resto de las invitaciones disminuyeron, pero nunca cesaron. Nunca han cesado. Llegaban, llegaban, llegaban, y la adolescencia precisamente no era la mejor época para decidir todos los caminos de mi vida a la vez, ¿Por qué escoger entre tanto? Entre la fiesta, el viaje, la presentación ante la sociedad, el color de cada vestido, el peinado, la mejor amiga, el novio a escondidas, la salida o las tareas, la carrera a estudiar, el destino de los minutos y mensajes limitados…y además de eso, escoger si ir todos los domingos a mi misa o no porque de ahí dependía mi imagen entre los futuros prósperos prospectos de esposo. Demasiada presión y demasiada superficialidad, después de todo.
Y comencé a notar un ligero brote de reacción “contraria” en mí, ¿De rebeldía, desacato, desobediencia? Aún no se cómo lo hayan visto el resto. Recibir presión de todos los lados, terminó siendo inmanejable, indiscutible, porque sencillamente no quería ahondar en intercambios de opiniones; incluso llegué a ver tan falso cada una de las razones que me daban, que decidí NO CREER EN NADIE, SINO EN MÍ. Entonces ya no seguí asistiendo a eventos, ni a misas, ni a rituales, ni a alabanzas, ni a oraciones. Bueno sí fui, pero obligada porque, por ejemplo, antes de enterrar a un muerto viene todo este protocolo, y antes de parecer indolente, prefería ser cortés y educada.
Debí haber sido duramente criticada por muchos, no me imagino, y aplaudida a escondidas por los detractores de cualquier manifestación de Dios. Debí haber sido dura conmigo misma, de hecho, lo recuerdo; ser intocable por los “sentimentalismos” de la vida. Pero al mismo tiempo tan fuerte e inquebrantable, que mi ego no bajaba del cielo. Todo lo podía, mi superioridad no tenía límites. Fui, vine, hice y deshice. Me perdoné, seguí cometiendo errores. Volvieron las invitaciones, y de nuevo asistí. Algunas las busqué, algunas llegaron. Y me quebranté, y lloré, he llorado, y mucho. Y esto no se detiene, es perenne. Sigue siendo un descubrir, una conversación eterna de preguntas y respuestas, porque ya he visto que he estado y no, que se puede dejar y retomar, que no existe la perfección, que cada vez soy más humana o menos (Si me niego a ser parte de los humanos que buscan destrucción).
Y me preguntarán todo ese resumen de tu vida creyente – o no – , ¿Para qué? Y tienen razón, tal vez algunos se hayan indignado. Pero tal vez otros se hayan identificado. Y otros, desconozcan de lo que he estado comunicando. Mi intención no es la una, ni la otra…ni la otra. Es una dedicatoria a parte de mi vida y a la de ustedes; a verme a mí como cada uno se ha visto a si mismo en sus diferentes formas, en algunos aspectos, en algunas luchas internas.
Es mi expresión de lo que he ido descubriendo en mi existencia,
en mi creencia fiel a que somos únicos y diferentes,
en que cada uno vive su propia evolución,
en que no estamos solos y que algo nos une,
en que somos humanos, y no importa en lo que creamos, en Dios, en la tierra, en mí, en ti,
en que cada quien vive su espiritualidad,
en que estamos aquí para vivir y dejar vivir en paz con nosotros mismos y los demás
Tengo mi propia posición respecto a las creencias, como cada quien. Mis cercanos la conocen. Y reconozco que cada quien la puede tener. No dejemos que esas apatías de la razón, de la fuerza del ego del querer imponer, de sentir satisfacción personal y “prosperidad” individual, se interponga en la búsqueda del bien común, del bien colectivo, de ser parte de una sociedad. Crean en lo que quieran, pero crean en ustedes, y en lo que vinieron a aportar.